El neuvo paradigma micronacional

01Abr08

Revista Avant-Garde

EL NUEVO PARADIGMA MICRONACIONAL.
Maurício Villacrez

El ser humano se caracteriza a lo largo de su historia por su anhelo de trascendencia. Primero, con la aparición de la conciencia y del reconocimiento de la existencia de otras conciencias, buscó trascender su soledad psíquica en la conformación de un colectivo. Luego, auxiliado por ese colectivo, buscó trascender sus propias fuerzas coordinando esfuerzos y así dominar a la naturaleza. Pero estos intentos de trascendencia física habrían de tener su contraparte metafísica en los sistema mágico-religiosos y en las explicaciones míticas hasta llegar a los debates filosóficos y científicos.

Muchas veces la comprensión ampliada conseguida no se materializó en alguna mejora tangible de la realidad sin que por ello faltasen voluntarios dispuestos a sacrificarse por ella. ¿Por qué lo hacían? Sospecho que una buena razón de ello se debe a la satisfacción parcial de ese deseo de trascendencia. Quizás, recordando a Newton, poder decir “¡Eureka!” nos brinda un sentimiento de satisfacción y de realización personal cuando vemos “sobre los hombros de gigantes”.

Volvamos a nuestra realidad micronacional. ¿Por qué tanto desaliento? ¿Cómo llegamos al pesimismo que enarbola el mito de Sísifo como bandera propia? Sugiero que la semilla de ese mal reside en nuestro paradigma vigente.

No voy a tratar aquí las múñtiples clasificaciones que la incipiente ciencia micropatriológica ha desarrollado sino que intentaré dar un paso más hacia atrás para discutir uno de los principios metafísicos que rigen nuestro hobby.

Los distintos estilos de práctica micronacional lusófonos son en esencia reactivos pues consisten en “recrear” y no en tratar de innovar. Me explico: surgen en función de la importación directa de ideologías y prácticas (consagradas o no) extramicronacionalmente.

¿Eso qué puede importar? Podría replicarse que eso no limita la originalidad de nuestra praxis al no impedir la adaptación del material importado a nuestra realidad. Reflexionemos.En primer lugar, los casos de “adaptación” son pocos y poco relevantes en importancia. Generalmente consisten en intercambiar jerga extramicronacional por jerga micronacional. En los casos más atrevidos de experimentación sólo se han reformado pequeños detalles para hacer viables de algún modo las teorías vigentes o propuestas en el “macromundo”.

En segundo lugar, ello no refuta el argumento de que el flujo de influencia y copia es exclusivamente de lo extramicronacional a lo micronacional; es decir, un flujo unidireccional de ideas. Somos una colonia de los think-tanks extramicronacionales por nuestro conservadurismo que se manifiesta en una provinciana estrechez de miras y en la poca (si no nula) importancia que se le presta a la actividad innovadora. Somos copiones geniales, tibios reformadores en algunos casos puntuales a lo más, pero esencialmente idólatras de los paradigmas importados que nos sirven de patrón para medirnos.

¡Declaro que eso debe acabar! Debemos dejar de ser colonia intelectual en la periferia de las metrópolis del cuestionamiento para convertirnos en una nueva metrópoli, con perfil propio y aportes que presentar. No planteo revertir el flujo de ideas sino hacerlo bidireccional: recibir influencias para también influenciar la realidad extramicronacional.

Para eso debemos de tener algo diferente que decir; pero antes tenemos que innovar y para ello antes debemos cambiar nuestra actitud reactiva que nos lleva a recibir pasivamente lo que viene de “afuera” por una actitud proactiva respaldada por instituciones que incentiven intramicronacionalmente la innovación. Ello exigirá un esfuerzo constante de al menos un número crítico de los practicantes de nuestro hobby dentro de cada micronación, una reforma radical en las instituciones vigentes y una nueva preocupación por la selección, capacitación y preservación de nuestros recursos humanos. Es decir, una revolución pacífica para garantizarnos la satisfacción que nos falta actualmente fundamentada en la trascendencia del momento actual (abriendo caminos nuevos más allá de la praxis actual de nuestro hobby) a la vez que nos proyectamos simultáneamente fuera del “micromundo” influenciándolo en distintas áreas y con distinta intensidad.

Es entonces cuando recuerdo la propuesta de establecer una “Gymkhana Solidaria” en Pasárgada y pienso en las posibilidades intelectuales y sociales que aguardan el momento en que nos decidamos explorarlas.

Otra pregunta pertinente es ¿qué lugar deben ocupar las identidades y tradiciones culturales extramicronacionales en nuestro hobby? El paradigma actual los ensalza como referentes hasta el punto que su idolatría los eleva a la categoría de patrón absoluto según el cuál medir nuestra praxis. Ejemplo de ello son la búsqueda del “statehood” político o el “modelismo” cultural que no buscan aportar nada nuevo sino recrear formas preexistentes. En resumen: lo extramicronacional es el debe ser que no puede ser superado. Incluso las corrientes que tratan de superar el statu quo vigente son la contraparte de ideologías similares extramicronacionales. Nada nuevo bajo el sol.

En mi opinión esto es un desperdicio de las posibilidades del micronacionalismo vía internet. Pudiendo contactarnos con gentes de todo el mundo, conocer todo tipo de culturas y agregando personas con un buen nivel educativo es una ironía que no aprovechemos este capital humano y esa flexibilidad tecnológica para tratar de innovar y aportar algo distinto. Ése es el micronacionalismo apéndice que depende totalmente de una estructura mayor, no aporta nada y puede ser extirpado sin mayores pérdidas para la humanidad. Es decir, un micronacionalismo que no genera un valor intrínseco para el individuo y el colectivo y que los trascienda a ambos influyendo en otras colectividades.

Es irónico que el hombre haya luchado por tantos siglos para tener un espacio libre donde exponer sus ideas sin temor, donde cuestionar y donde poner en práctica sus proyectos y que nosotros teniendo a disposición ese espacio virtualmente en el ciberespacio prefiramos replicarlo todo sin más. Eso dice mucho de nosotros y de la ley del mínimo esfuerzo. O tal vez deja al descubierto que en realidad buscamos satisfacer necesidades más básicas que concentran toda nuestra atención en formar aliados y en pelearnos o en desfogarnos empleando las listas de debate como válvula de escape a todo lo que ocultamos a diario porque aquí no tenemos que dar la cara.

Volviendo a nuestro tema, habría que ver como se han construido identidades híbridas pues yo no propongo “reinventar la rueda” sino aprovechar las tradiciones de cada uno e integrar lo mejor que cada pueblo tiene en la conformación de una identidad universalizante (aceptable para todos nuestros miembros) en última instancia globalizada y que realmente permita integrar a nuestras poblaciones. El caso que mejor conozco sobre poblaciones que han tenido que tratar de establecer una unidad en una diversidad de tradiciones es Latinoamérica. En ella, generalmente, el éxito en esta empresa ha sido bastante modesto: por lo general se limita a yuxtaponer una tradición sobre la otra presumiendo una integración muchas veces inexistente. Este no es un modelo ha seguir: las divisiones internas en nuestros pueblos que traban la solidaridad e impiden la consolidación de nuestras naciones son un peligro a ser evitado.

Sin embargo algunos experimentos individuales deben ser valorados ya que buscaron y presentaron su propia opción de síntesis sin recibir apoyo del Estado y sin lograr imponerse a pesar de su calidad y la determinación de sus propugnadores. Me refiero a los intelectuales que hablaron de crear un “neo-(nacional-x)”: artistas que trataron de aprovechar los diseños precolombinos con técnicas modernas (sin caer en el indigenismo) o que propusieron asimilar la bueno de la influencia occidental sin comprar todo el paquete. Cada país tiene el suyo. Por lo menos conozco casos en Perú y
Brasil.

Japón también es un buen referente al conseguir conciliar su proceso de modernización con la preservación de su cultura nativa. Nosotros enfrentamos el desafío de que muchas veces no existe tal cultura nativa. Esa se muestra, a mi parecer, como una debilidad terrible para la mayoría de micronaciones. La solución facilista de asumir una cultura extramicronacional no soluciona nada pues si bien puede atraer algunos miembros también puede alienar a otros. Una micronación debe desarrollar una cultura propia que apele a todos sus ciudadanos porque esa es la función de las culturas vivas: integrar a los miembros de la comunidad que la comparte como acervo común. La concepción de “obra colectiva” en lo político de mi amigo Bruno Cava se complementada con la mía de “apelo colectivo” en lo cultural.

Este apelo es efectivo en función de que realmente llame la atención de todos sobre cuestiones que interesen a todos los miembros y que involucre a todos los miembros. Generalmente la cultura articula la acción colectiva (la única fuerza capaz, cuando lo es, de resolver los desafíos ambientales que superan el poder del hacer individual) encausándola en la solución de problemas críticos porque su no corrección afectaría la convivencia y la perpetuación de la vida en sociedad y la acción individual según las formas establecidas. Profundizaré en mi siguiente artículo sobre este tema.

Siendo sinceros, pocas personas tienen el nivel de creatividad y constancia para desarrollar una cultura realmente atractiva. Y aún menos consiguen que sea original. El motivo es muy simple: trasladar concepciones de estructura del Estado o el formato de leyes de lo extramicronacional al micromundo es prácticamente un “copy – paste” elemental. Una cultura responde a necesidades y aspiraciones, a constricciones en el espacio-tiempo que llevan a establecer patrones de creencia que incentivan las conductas que se cree favorecen la consecución de las metas que se consideran más valiosas en ese universo ideal compartido; tanto así, que ameritan trascender su evaluación en cada ocasión. Establecemos de una vez y “para siempre” que esto es lo mejor, esta es nuestra pequeña roca y alrededor de ella girarán nuestras selecciones cotidianas que la tendrán por referente.

Tenemos en ese sentido, sí, culturas políticas con proyectos nacionales (un ideal de libertad, por ejemplo, no tiene porqué trabar la “creación colectiva”) pero, en un mundo sumido en la “crisis de la ideologías” (que también se ha constituido en otra ideología), es necesario apelar adicionalmente al hombre en su integridad, en su totalidad que excede al mero “homo politicus”. Esta es la materia pendiente de la mayoría de micronaciones.

La importancia de la cultura como agregadora sólo es adecuadamente ponderada cuando se comprende que es la fuerza centrípeta que compensa a la política como fuerza centrífuga. La política divide y trata de conciliar a las facciones. La cultura une y trata de evitar la aparición de facciones. Una cultura muy fuerte podría desincentivar el pluralismo, el cuestionamiento y en última instancia la innovación; pero una política sin contrapeso es causa segura de divisiones internas, ha enrarecido el clima de las comunidades y fomentado las guerras civiles y separatismos que hemos visto en la Lusofonía. Porque aquí no se pueden aducir que las secesiones se debieron a cuestiones étnicas, religiosas o culturales: las diversas causas ocultas han oscilado entre la ambición, la soberbia y el consabido odio ideológico.

De allí que todas las sociedades hayan creado cultura espontáneamente para compensar las desavenencias internas disgregadoras del cuerpo social y establecer canales de deshago de la tensión y de diálogo entre las partes. Los hombres debido a sus diferencias naturales, adquiridas o de intereses siempre entrarán en conflictos que no necesariamente tiene porqué llevar a la violencia. Justamente por esos desequilibrios endógenos a la vida en sociedad surge el Derecho como respuesta a esta situación normal y recurrente. El Derecho como instrumento para obtener o favorecer las condiciones de justicia. Normas que dan por sentado una jerarquía compartida de valores compartidos.

Tal es el poder actual de la cultura en nuestras naciones y su potencial inexplorado para la consolidación de nuestras micronaciones. Espero que este artículo llame la atención especialmente de los nuevos micronacionalistas para que empleen sus energías aún intactas desempeñándose como “culturistas” completando el trabajo que sus predecesores “politicistas” no afrontaron directamente. Que sepan que existe un mundo nuevo más allá de los debates y los discursos partidistas.

Algunas preguntas finales para la reflexión: ¿Tenemos valores en común?, ¿tenemos claro una meta común?, ¿tenemos alguna propuesta de lo que queremos ser como individuos y como comunidad? La cultura sirve para orientar e integrar y eso es algo que deben tener siempre presente los hacedores de cultura del micromundo.



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